martes, 19 de mayo de 2015

BE AUTHENTIC, MY FRIEND



Llevo unos meses teniendo sueños extraños… La verdad, no sé si llamarlos visiones o sueños. Son tan reales que me despierto con el corazón latiendo desbocado,  como si acabara de perseguir un apetecible grillo entre la hierba. No son pesadillas, ni mucho menos. Son más bien experiencias, podríamos llamarlas así, místicas. Me importa bien poco que penséis que estoy algo ida o que mi capacidad de diferenciar la realidad de lo imaginario se está difuminando peligrosamente. En primer lugar, porque estas visiones no me pertenecen estrictamente hablando: están originadas en el cerebro de la humana a la que estoy unida debido a una casualidad cuántica y a las que accedo en mis períodos de sueño o meditación.  Las escolopendras meditamos más de lo que podríais imaginar… y en segundo lugar, si fuerais capaces de saber lo que yo sé, que lo que vosotros llamáis realidad es un tejido formado por miles de pliegues y esquinas, recovecos donde acechan las cosas más inimaginables que sólo pueden ser percibidas por  consciencias elevadas como las de los miriópodos,  los perros y las lombrices, inmediatamente borraríais  la palabra “loco” de vuestros diccionarios y  miles de psiquiatras se quedarían desempleados.
Desconozco qué extraños c aminos está transitando la humana, pero puedo aseguraros que me lo esto pasando realmente bien, tanto que hasta me estoy haciendo adicta a las semillas de ciertas plantas que me permiten dormir más horas de las que necesito.
Pero me estoy desviando de lo que quería contaros… esas visiones místicas tendrán que esperar. Como siempre, os doy una probadita para que os quedéis  sufriendo, expectantes, deseando saber más.  No puedo evitar mi naturaleza, exquisitamente malvada . ..Y sé que os encanta, pequeños masoquistas.
Me encontraba acechando una cochinilla, con algo de desgana. Su carne no es de las que más me entusiasma, resulta un poco desabrida, pero mis patitas me pedían a gritos algo de ejercicio. Demasiadas tardes  sumida en el ensueño me estaban convirtiendo en una mera yonqui  de experiencias ajenas, como una vulgar y decadente fumadora de opio. Ya empezaba a notar la electricidad recorrer mis nervios hasta la punta de mis patas, listas para lanzarse en un sprint mortal. La escolopendrina empezaba a acumularse en mis forcípulas, preparada para ser inyectada… Entonces, algo ocurrió que me sacó de mi estado de ataque letal. Justo ante mis ojos apareció mi archienemiga , Rata de Alcantarilla, la que más de una vez me ha robado alguna presa y me ha hecho huir, herida en mi orgullo y con las tripas vacías, que es mucho peor. Por supuesto, la cochinilla se replegó sobre sí  misma formando una perfecta esfera,  y rodó  aprovechando la pendiente,  para desaparecer en una oscura grieta del suelo.
 Rata de Alcantarilla (R.A. a partir de ahora) y yo somos viejas conocidas, y nos odiamos cordialmente.   La verdad, ella tiene motivos  más que sobrados para  guardarme poca simpatía: hace unas cuantas primaveras, aprovechando su ausencia, me merendé a un par de sus hijitos. Aún salivo recordando su dulcísimo sabor. Pero, en el fondo, me entiende: ella habría hecho lo mismo a la menor oportunidad… Más bien, lo ha hecho ya varias veces. Y dentro de su propia familia. Que le pregunten a su prima, Rata Tuerta.   
R.A. se quedó mirándome unos segundos, alzada sobre sus patas traseras. Se estaba riendo  como hacen las ratas, moviendo los bigotes y entornando los ojillos brillantes. Estaba encantada de  haberme dejado sin aperitivo. Para seguir con el ritual, yo también alé mis seis pares de patitas delanteras, fingiendo que me importaba. R.A., satisfecha, dio media vuelta y, con una agilidad que siempre me sorprende, trepó a la pared y desapareció por el tejado. Me retiré a mi guarida y empecé a reflexionar sobre el encuentro. R.A. y yo tenemos muchas cosas en común, que no voy a enumerar para no aburriros… Pero lo que más destaca, y a lo que quiero llegar desde hace ya largo rato, es que tenemos una gran virtud compartida: somos auténticas.  
Aquí voy a empezar a hacer lo que acostumbro: demostrar la superioridad de la raza miriópoda en particular y de todas las especies animales en general sobre la humana.
Empecemos por la definición de auténtico:
“Auténtico: adj. Coloq. Consecuente consigo mismo, que se muestra tal y como es. Honrado, fiel a sus orígenes y convicciones.”. R.A.E.
 Que un homínido haya sido capaz de escribir esta definición y quedarse satisfecho de sí mismo me provoca tales carcajadas que me duele el estómago…vamos, que me parto la caja. Si hay una especie más alejada de la autenticidad, maestra del disimulo y de la artimaña, esa es la humana. Quizás vuestros primos Neanderthales, a los que tanto denostáis en los estudios antropológicos lo fueron. Pero vosotros lo perdisteis por el camino.

R.A. es una rata vieja, con el pelaje ralo y sin lustre, que empieza a tener problemas de artritis en su pata trasera izquierda. Es una perfecta desalmada, incluso para los parámetros rateros. La veo muchas veces escabullirse, cojeando ligeramente, entre las sombras, con algo vivo (que dejará de estarlo en segundos), retorciéndose y chillando entre sus mandíbulas.  Si alguien intenta acercarse cuando está devorando su presa, atacará sin piedad, sea su hija, su hermana o un adorable  y peludo cachorrillo de rata. Ella es su primera preocupación y siempre lo será, por encima de todo. Y así lo muestra al mundo, le pese a quien le pese. A mí, particularmente, me fascina. Ser auténtico, normalmente, no tiene más puntos de referencia que los que uno se pone.  La palabra clave es consecuente consigo mismo… Que luego seas un santo varón o un  perfecto desgraciado es irrelevante. Lo que marca la diferencia es que seas lo suficientemente valiente como para clavar las garras en la tierra y aceptar lo que eres, sea cual sea tu naturaleza y eso, queridos, tiene un peaje elevadísimo que pagar. Vosotros rara vez estáis dispuestos a hacerlo. Preferís ser meras copias de copias, grises repeticiones cada vez de peor calidad, piececitas idénticas encajadas a la perfección en un sistema mediocre, que anula vuestras almas y espíritus . Porque ser auténtico está basado en vuestra naturaleza salvaje,  una naturaleza que lleváis milenios escondiendo, asfixiando, bajo capas de civilización inquisitorial. Ser auténtico es saber reconocer vuestros fallos, vuestras virtudes, vuestras miserias, vuestras grandezas y no temer mostrarlas, aún cuando el coro de cotorras  se burle a grito pelado, aún cuando la Santa Madre Iglesia os condene a la hoguera por herejes, y los niños huyan despavoridos, llorando al ver vuestra alargada sombra.  La autenticidad da mucho miedo a los que no están preparados, porque la responsabilidad de la propia vida pesa como un saco de piedras sobre vuestras espaldas. Y sois demasiado perezosos como para cargar con él. Vivís en un mundo de espejos deformantes, pobres humanos. Seguid posando delante del Moisés de Miguel Ángel  con un palito de selfies… porque lo que más os importa es  ver vuestra imagen y mostrarla a los demás, no la obra de arte que me conmueve hasta las lágrimas. Seguid siendo incapaces de afrontar vuestra mezquindad. Seguid traicionando a los amigos. Seguid abandonando a los ancianos. Seguid destrozando un planeta que no es vuestro. Seguid masacrando a los animales.  En definitiva, seguid negando vuestra verdadera naturaleza. Seguid matando vuestra alma. Porque entonces, cuando vuestro mundo artificial esté reducido a montones de plástico retorcido y cenizas,  y vaguéis sin rumbo como hojas muertas arrastradas por el viento,  lo auténtico recuperará el lugar que pertenece.  

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