lunes, 9 de agosto de 2010

El Ansia

Hoy, a pesar de este calor sofocante que hace que mis patitas eviten tocar el suelo y me deslice por la sombra de las tejas y las grietas de los muros, he decidio asomarme y contaros lo que se me pasa por la cabeza en un día como hoy. Ahora que los vampiros están tan de moda, en todas sus versiones: descafeinados e insoportablemente edulcorados para el gusto de adolescentes vírgenes y adultos infantilizados; modernos con aires de estrella de rock, hipersexualizados y perversos,  de moral  relajada , algo más interesantes y,desde mi punto de vista de artrópodo, mis favoritos sin lugar a duda, los que se alimentan no sólo de sangre (que no deja de ser un fluido bastante desagradable y pringoso, y sé de lo que hablo, que los cementerios son mi residencia de verano), si no de  elementos más sutiles como la energía, la fuerza vital, el amor, la inocencia y la juventud. Qué delicatessen, qué alimento de dioses, saciarse con algo tan intangible y tan poderoso como la fuerza que nos mantiene vivos, esa materia misteriosa que todo lo impregna. El vampiro clásico es burdo y primario, no hacen falta colmillos afilados para extraer de la víctima su deliciosa esencia, y si no que le pregunten a Catherine Denéuve y a David Bowie, o a Jude Law en "El Ansia" y"La sabiduría de los cocodrilos". Hay métodos mucho mas sutiles para lograr ese alimento primordial, y desde luego mucho más demoníacos que un simple mordisco: conseguir que la víctima se entregue feliz, totalmente subyugada por el encanto del vampiro, enamorada hasta los huesos de ese ser egoísta y maléfico, de manera que no hace falta ejercer ningún tipo de violencia que contamine la pureza de la sangre. Es aterrador y hermoso, como la vida misma.

domingo, 1 de agosto de 2010

Recién llegada a este Universo

Estoy en plena fase de exploración. No es fácil salir de la madriguera y lanzarse de lleno a este cibermundo. Estoy más acostumbrada a reptar por los túneles que a escribir blogs.  Veremos cómo se da el experimento. Quizás me canse y no vuelva a asomar mis antenitas por aquí...O quizás decida quedarme y poner miles de huevecillos... Las escolopendras somos imprevisibles.