jueves, 19 de mayo de 2011
martes, 19 de abril de 2011
Abril lluvioso y la Semana Santa
!!!No puedo parar de reírme!!! Hace unos días estaba indignadísima con estos primates evolucionados y ahora, de alguna manera, les agradezco el buen rato que me están haciendo pasar, porque no recuerdo cuándo fué la última vez que me reí con tantas ganas... Un momento!!!, fué el año pasado, por estas fechas...Y por la misma razón!!!. Como adicta a la ventanita mágica que hay en el salón, de nuevo, y aprovechando que estaba cayendo un chaparrón primaveral, decidí perder el tiempo observando que había de nuevo en el mundo humano. Y mereció la pena, sin que sirva de precedente. Parece ser que esta semana tiene una importancia vital para los humanos, tanto, que la denominan Semana Santa. No entiendo muy bién la razón, pero se dedican a pasear por las calles imágenes de mujeres llorando, con el corazón atravesado por puñales, rodeadas de cirios ardiendo, y esculturas de cadáveres de hombres barbudos que han sido torturados salvajemente, con clavos atravesando manos y pies y una cara de sufrimiento que me pondría los vellos de punta si tuviera pelo corporal. Con mucha pasión, se los echan a hombros, deben pesar una tonelada, y, con un paso marcado por tambores, empiezan a caminar: prooom-prooom-protoprooom!!!. De vez en cuando, un chillido estremecedor interrumpe la marcha, y todos escuchan a una persona que, eso dice, le canta a la imagen. Hay gustos para todo... Otra vez, escalofrío por todo mi cuerpo... Y así pasan las horas, paseando de un lado a otro las representaciones de sus dioses, ocultos bajo una vestimenta totalmente medieval, algunos arrastrando cadenas descalzos, otros, golpeándose la espalda con cuerdas anudadas, y todos transportados a un estado grupal y primario, hipnotizados y esclavizados por un sentimiento ancestral, heredado de sus antepasados, cuando habitaban en cuevas y despedazaban mamuts, y sabían que sin la magia su vida no sería posible, igual que lo sabemos todos los seres vivientes que adoramos a La Diosa, la creadora de todos nosotros. Pero ellos, impertinentes, decidieron crear dioses a su imagen y semejanza, !!!qué insulto para todos nosotros!!! La Diosa tiene grandes colmillos, escamas, tentáculos y hasta un afilado aguijón que de vez en cuando utiliza a su antojo. Nosotros la adoramos todos y cada uno de los días de nuestra vida, porque sin ella nada existiría. Los humanos sólo se acuerdan en ciertas fechas, y son tan tontos que eligieron la peor para sacarlos a pasear: la primavera es por definición inconstante: siempre llueve, las lombrices lo saben perfectamente. A quién se le ocurre invertir tanta energía durante todo el año, engalanar sus imágenes, cubrirlas de joyas y tejidos preciosos, de flores y velas, sudar y sufrir cargando el paso para estar entrenados, y , oh sorpresa, !!!descubrir que fuera diluvia!!!!.... !!!No puedo con ellos!!!, !!lloran desconsolados porque no puedes sacar a sus muñequitos sagrados!!!, pero vamos a ver, ¿¿no sois vosotros los únicos seres inteligentes que teneís memoria, que aprendeís de la experiencia para aplicarla al futuro??... !!!!JAJAJAJAJAJAJA, me encanta lo graciosos que sois, aunque sea de manera involuntaria!!!!. Es lo que tiene "Abril lluvioso", que es un refrán aprendido de vosotros, por favooooor...
miércoles, 13 de abril de 2011
A las escolopendras nos dura muy poco la pena
Hace unos días, recién estrenada la primavera, me sorprendí a mí misma sintiendo pena por los humanos. Me explico, no es que sea despiadada totalmente, pero no es habitual en mí sentir pena o tristeza hacia el ser humano. Me ha pasado alguna vez con alguna presa, en concreto un saltamontes verde hierba. Me abalancé sobre él, rodeándole con mi cuerpo flexible y duro. Cuando iba a hundir mis mandíbulas ponzoñosas en su abdomen cometí el error de mirarle a los ojos, y al ver el terror desquiciado en sus ojos compuestos ante su destino fatal, algo dentro de mí tembló un instante, pero fué tan breve que mis tripas, rugiendo de hambre, se ocuparon de tomar el mando. En un momento la pena se vió reemplazaba por el absoluto deleite. No puedo permitirme dudar, mi vida va en ello.
A lo que iba, supongo que el impacto de volver a incorporarme a la actividad vital ha debido de trastornarme algo, y como un catarro estacional, la empatía me ha infectado unos días. Pero ya estoy curada, y los humanos han dejado de apenarme. Os preguntareís la razón y os la voy a dar. Ellos mismos me han proporcionado la vacuna.
Me encontraba aún afectada por ese atontamiento transitorio del que os he hablado cuando, de nuevo, dieron noticias sobre Japón. Mis patitas se pusieron rígidas de nuevo: otra vez la ola, otra vez los gritos, los escombros...Pero luego empezaro a hablar de miles y miles de litros de agua envenenada, contaminada de cesio, de yodo radioactivo, que no sólo se estaba filtrando al mar, sino que estaban vertiendo, voluntariamente al océano. Todo el agua que habían estado usando para enfriar los reactores debía ser desalojada. Y así hicieron. No quise ver más. Noté cómo empezaban a caer gotitas de veneno de mis mandíbulas, y eso sólo me ocurre cuando estoy muy, pero que muy enfadada. Me deslicé rápidamente por la grieta que da al patio, y me dirigí a la jardinera de las violetas, mi lugar favorito para meditar. Necesitaba enrroscarme sobre mí misma y pensar sobre lo que había visto. No sé de matemáticas, no me interesan en absoluto, pero dentro de lo limitado de mi percepción artrópoda, entiendo que miles de litros es muchísimo, mucho más que el charco que se forma cuando llueve a cántaros y la targea se atasca, y hasta que los humanos que viven en la casa no quitan la porquería que la obstruye, a mí me parece una inmensidad aterradora. Sí sé de las consecuencias de la radioactividad, he visto las noticias que hablan de deformaciones genéticas, cáncer, muerte en definitiva. Y no puedo dejar de pensar en los de mi parentela, los que habitan en las aguas del océano, los que vosotros llamaís crustáceos, a los que devoraís en vuestras celebraciones religiosas . No puedo dejar de pensar en las gambas, las langostas, los cangrejos, todos ellos parte de mi árbol genealógico, que empezarán anotarse raros, luego enfermos y quizás mueran sin imaginarse qué está pasando. El fondo marino se convertirá en un cementerio lleno de cadáveres, y no sólo de los míos, también los peces, los pulpos, los corales, las algas, todo un maravilloso universo de vida inocente sucumbirá ante vuestra estupidez, el agua quedará envenenada por décadas y un silencio aterrador poblará las profundidades. Cómo quereís que os compadezca, cómo quereís que no comprenda y comparta la ira de la Tierra, si para ella no soís más que parásitos dañinos. En qué momento de la evolución os convertisteís en lo que soís y os coronasteís con el título de reyes de la creación, presuntuosos ignorantes. Y lo peor es que no aprendereís hasta que sea demasiado tarde.
A lo que iba, supongo que el impacto de volver a incorporarme a la actividad vital ha debido de trastornarme algo, y como un catarro estacional, la empatía me ha infectado unos días. Pero ya estoy curada, y los humanos han dejado de apenarme. Os preguntareís la razón y os la voy a dar. Ellos mismos me han proporcionado la vacuna.
Me encontraba aún afectada por ese atontamiento transitorio del que os he hablado cuando, de nuevo, dieron noticias sobre Japón. Mis patitas se pusieron rígidas de nuevo: otra vez la ola, otra vez los gritos, los escombros...Pero luego empezaro a hablar de miles y miles de litros de agua envenenada, contaminada de cesio, de yodo radioactivo, que no sólo se estaba filtrando al mar, sino que estaban vertiendo, voluntariamente al océano. Todo el agua que habían estado usando para enfriar los reactores debía ser desalojada. Y así hicieron. No quise ver más. Noté cómo empezaban a caer gotitas de veneno de mis mandíbulas, y eso sólo me ocurre cuando estoy muy, pero que muy enfadada. Me deslicé rápidamente por la grieta que da al patio, y me dirigí a la jardinera de las violetas, mi lugar favorito para meditar. Necesitaba enrroscarme sobre mí misma y pensar sobre lo que había visto. No sé de matemáticas, no me interesan en absoluto, pero dentro de lo limitado de mi percepción artrópoda, entiendo que miles de litros es muchísimo, mucho más que el charco que se forma cuando llueve a cántaros y la targea se atasca, y hasta que los humanos que viven en la casa no quitan la porquería que la obstruye, a mí me parece una inmensidad aterradora. Sí sé de las consecuencias de la radioactividad, he visto las noticias que hablan de deformaciones genéticas, cáncer, muerte en definitiva. Y no puedo dejar de pensar en los de mi parentela, los que habitan en las aguas del océano, los que vosotros llamaís crustáceos, a los que devoraís en vuestras celebraciones religiosas . No puedo dejar de pensar en las gambas, las langostas, los cangrejos, todos ellos parte de mi árbol genealógico, que empezarán anotarse raros, luego enfermos y quizás mueran sin imaginarse qué está pasando. El fondo marino se convertirá en un cementerio lleno de cadáveres, y no sólo de los míos, también los peces, los pulpos, los corales, las algas, todo un maravilloso universo de vida inocente sucumbirá ante vuestra estupidez, el agua quedará envenenada por décadas y un silencio aterrador poblará las profundidades. Cómo quereís que os compadezca, cómo quereís que no comprenda y comparta la ira de la Tierra, si para ella no soís más que parásitos dañinos. En qué momento de la evolución os convertisteís en lo que soís y os coronasteís con el título de reyes de la creación, presuntuosos ignorantes. Y lo peor es que no aprendereís hasta que sea demasiado tarde.
sábado, 2 de abril de 2011
La vuelta a la vida
Esta mañana he resucitado de nuevo. Cada invierno, cuando el sopor maravilloso de esa casi muerte que es la hibernación hace que mis constantes vitales queden prácticamente paralizadas, me pregunto si despertaré, si después de los fríos meses veré la maravillosa primavera, repleta de jugosas arañas, saltamontes y hasta alguna rosada cría de ratón con las que darme un banquete después del ayuno. Pues bien, parece que sigo viva. No sé que misterioso mecanismo pone de nuevo en marcha la maquinaria de mi cuerpo. Sólo sé que he empezado a sentir un calor muy agradable, mis patitas se han empezado a agitar, y he sentido un hambre absolutamente atroz. Me he desperezado con cuidado, sobre mi lecho putrefacto de hojas y barro que tan bien me ha protegido del frío, y he asomado mis antenas a la luz. Hace un día glorioso, las macetas del patio están verdes y frondosas, ha debido llover hace poco, porque la tierra está esponjosa y aromática...
!!Qué agradable sorpresa!!, este año hay tulipanes amarillos y blancos en el poyete de la ventana. Adoro la delicada belleza de las flores... Y el maravilloso sabor de la sangre fresca...Acabo de devorar una araña gorda que acechaba a una mosca. Mala suerte para ella, son las reglas del juego. A mí también me tocará, alguna vez, alimentar a las espantosas y gritonas crías de algún mirlo. Sólo espero que sea rápido, no aspiro a vivir para siempre, qué aburrimiento.
Con mi estómago lleno, se ha despertado la curiosidad que, hace que mi vida sea más interesante. Si me limitara a vivir como una escolopendra corriente, probablemente pasaría mi vida cuidando una veintena de huevecillos, cazando de vez en cuando y escabuyéndome en las grietas de las paredes. Pero yo no soy así.
Me he colado en la cocina, aprovechando la grieta que sigue abierta en un rincón, y he visto que los humanos están en casa. Siguen igual, con sus rutinas y sus miserias. Están viendo las noticias, y por sus caras aterradas, debe haber pasado algo sobrecogedor. No son capaces de seguir comiendo, ni siquiera de hablar, sólo miran la pantalla de ese invento que me fascina. Confieso que me encanta asomarme al mundo humano mediante este medio. Es asombroso todo lo que se puede aprender de ellos sólo viendo sus programas. El caso es que he prestado atención a lo que les mantenía tan absortos, y por una vez, he estado muy cerca de comprenderles. Las imágenes no son muy nítidas, y quien estaba grabándolas temblaba visiblemente, lo que quizás daba más dramatismo a la escena. Se veía el mar, pero no el mar azul y apacible de las postales. Lo que estaba delante de mis ojos era una masa de agua negra,en ebullición, con vida propia y enfurecida, fuera de control, que con una ira absolutamente sobrenatural arremetía contra edificios, arrastraba barcos, puentes, coches, vías de tren, todo lo que se ponía a su paso . Y allí estaban los seres humanos, minúsculos y vulnerables, subidos en los tejados de los edificios, supongo que aterrados, rezando a sus dioses y preguntándose si el bloque de pisos resistiría. Me he quedado hipnotizada, sin poder controlar el movimiento nervioso de mis antenas, viendo como todas las infraestructuras que con tanta inteligencia han levantado eran arrasadas con una facilidad pasmosa, y he sentido una profunda lástima por esos pobres humanos, porque también dentro de ellos algo se estaba reduciendo a escombros: la convicción de controlar sus vidas, la falsa seguridad de haberse creado la ficción de una existencia ordenada y predecible, de tener domesticada la Naturaleza. Si hay algo que toda escolopendra, hasta la más tonta, que también las hay, sabe, es la incertidumbre de la vida y la aterradora esencia de la Naturaleza, la madre de todos nosotros. Yo eso lo sé, porque todos los años presencio, y a veces vivo, catástrofes que os pasan desapercibidas: llueve y se inundan los hormigueros, y mueren a miles las estúpidas obreras y las estúpidas reinas. Hay incendios y los conejos se abrasan, los pájaron caen a plomo con los pulmones quemados. El viento arranca las ramas de los árboles y los huevos se estrellan contra el suelo. Así son las cosas. Nosotros lo sabemos y lo aceptamos. Vosotros, tontos, tontos humanos, lo habeís olvidado. Y por eso me dais tanta lástima.
!!Qué agradable sorpresa!!, este año hay tulipanes amarillos y blancos en el poyete de la ventana. Adoro la delicada belleza de las flores... Y el maravilloso sabor de la sangre fresca...Acabo de devorar una araña gorda que acechaba a una mosca. Mala suerte para ella, son las reglas del juego. A mí también me tocará, alguna vez, alimentar a las espantosas y gritonas crías de algún mirlo. Sólo espero que sea rápido, no aspiro a vivir para siempre, qué aburrimiento.
Con mi estómago lleno, se ha despertado la curiosidad que, hace que mi vida sea más interesante. Si me limitara a vivir como una escolopendra corriente, probablemente pasaría mi vida cuidando una veintena de huevecillos, cazando de vez en cuando y escabuyéndome en las grietas de las paredes. Pero yo no soy así.
Me he colado en la cocina, aprovechando la grieta que sigue abierta en un rincón, y he visto que los humanos están en casa. Siguen igual, con sus rutinas y sus miserias. Están viendo las noticias, y por sus caras aterradas, debe haber pasado algo sobrecogedor. No son capaces de seguir comiendo, ni siquiera de hablar, sólo miran la pantalla de ese invento que me fascina. Confieso que me encanta asomarme al mundo humano mediante este medio. Es asombroso todo lo que se puede aprender de ellos sólo viendo sus programas. El caso es que he prestado atención a lo que les mantenía tan absortos, y por una vez, he estado muy cerca de comprenderles. Las imágenes no son muy nítidas, y quien estaba grabándolas temblaba visiblemente, lo que quizás daba más dramatismo a la escena. Se veía el mar, pero no el mar azul y apacible de las postales. Lo que estaba delante de mis ojos era una masa de agua negra,en ebullición, con vida propia y enfurecida, fuera de control, que con una ira absolutamente sobrenatural arremetía contra edificios, arrastraba barcos, puentes, coches, vías de tren, todo lo que se ponía a su paso . Y allí estaban los seres humanos, minúsculos y vulnerables, subidos en los tejados de los edificios, supongo que aterrados, rezando a sus dioses y preguntándose si el bloque de pisos resistiría. Me he quedado hipnotizada, sin poder controlar el movimiento nervioso de mis antenas, viendo como todas las infraestructuras que con tanta inteligencia han levantado eran arrasadas con una facilidad pasmosa, y he sentido una profunda lástima por esos pobres humanos, porque también dentro de ellos algo se estaba reduciendo a escombros: la convicción de controlar sus vidas, la falsa seguridad de haberse creado la ficción de una existencia ordenada y predecible, de tener domesticada la Naturaleza. Si hay algo que toda escolopendra, hasta la más tonta, que también las hay, sabe, es la incertidumbre de la vida y la aterradora esencia de la Naturaleza, la madre de todos nosotros. Yo eso lo sé, porque todos los años presencio, y a veces vivo, catástrofes que os pasan desapercibidas: llueve y se inundan los hormigueros, y mueren a miles las estúpidas obreras y las estúpidas reinas. Hay incendios y los conejos se abrasan, los pájaron caen a plomo con los pulmones quemados. El viento arranca las ramas de los árboles y los huevos se estrellan contra el suelo. Así son las cosas. Nosotros lo sabemos y lo aceptamos. Vosotros, tontos, tontos humanos, lo habeís olvidado. Y por eso me dais tanta lástima.
jueves, 25 de noviembre de 2010
La mala educación
Parece mentira que un miriápodo como yo tenga que hablar de educación y buenas maneras, yo, que según vosotros, entomólogos insignes, soy una mera máquina de matar, esclava de mi instinto, a diferencia de vosotros, primates evolucionados, creadores de cultura, cúspide del reino animal...Espero que se entienda que estoy hablando desde la más absoluta y retorcida ironía, que me temo que hoy en día pocos captan las sutilezas.
Estaís muy equivocados si pensaís que las buenas maneras y la educación son exclusivas de las sociedades humanas: disculpad que os baje del pedestal, ignorantes, pero los de mi especie, y muchas más, os llevamos millones de años de ventaja: los restos más antiguos de ciempiés que se conocen son de principios del Devónico, hace 415 millones de años. !!!Superad eso, monitos hiperdesarrollados!!!. Claro que nuestros códigos de conducta no tienen nada que ver con l0s vuestr0s, pero existe una regla que la llevamos tatúada a fuego en nuestro brillante exoesqueleto: el respeto a los congéneres, aunque a continuación le devoremos con gusto. Lo cortés no quita lo valiente.
Como escolopendra orgullosa de serlo, sé perfectamente que, cuando en alguna de mis incursiones fuera de mi terrritorio,me topo con otra escolopendra, lo primero que tengo que hacer es dar golpecitos con mis patas en el suelo y mover las antenitas. Estaría muy mal visto no saludar. Lo que ocurra después del saludo es harina de otro costal. Y aquí es donde quiero llegar. Como aventurera que soy, y después del viajecito a París, hace unos días decidí repetir la experiencia, y, aprovechando el trabajo de la humana que vive conmigo, me colé en su bolso. Es arriesgado, sí, pero viendo lo que suele tardar en encontrar el móvil, las gafas de sol, o el monedero, que me encuentre a mí es casi imposible...Y si lo hiciera, de verdad que NUNCA MÁS IBA A MIRAR SU BOLSO DE LA MISMA MANERA...
Fué bastante ilustrativa la experiencia, primero por comprobar de nuevo como, a pesar de odionarnos tanto, construyen sus medios de transporte a la imagen y semejanza de las escolopendras, y lo llaman tren... Aunque la verdad, mi ego quedó satisfecho. La Diosa Escolopendra seguro que aprecia este homenaje involuntario. Y segundo, desmontar el mito de que el ser humano es un ser social por excelencia...Disculpadme pero no. Que est´´is obligados a vivir en enjambres, como las tontas de las abejas o las nazis de las hormigas no quiere decir que os adoreís los unos a los otros. Vivís juntos porque aíslados moririaís, no os queda otra. Estaís tan mal adaptados, biológicamente hablando, que no seríais capaces de vivir, desnudos, sin herramientas. Por eso os agrupaís, como los piojos. ¿De qué otra manera se explican las actitudes que observé?. Mientras mi humana se dedicaba a recibir a los viajeros, saludándoles con su mejor sonrisa (o al menos eso cree la pobre, que es la mejor que tiene), o intentando al menos establecer contacto visual, la mayoría, con gesto adusto de superioridad ni siquiera se dignaban a mirarla, alzando la barbilla. Y no es eso lo peor, la pedían información sin agitar una antena a modo de saludo. Yo empecé a retorcerme en su bolsillo. Deseaba lanzarme como el artrópodo que soy y clavarles mis mandíbulas en esos cuellos encorbatados, o introducirme en el cardado de la señorona de turno, colarme por su escote y morderle allá donde la silicona me lo permitiera.
Y luego dentro del tren fué peor...Es demasiado humillante para contarlo. Me juré no volver a repetir la experiencia. Eso sí, el trajeado del peluquín se llevó un buen recuerdo mío- Que hubiera dado las gracias tras coger un periódico- si hasta los artrópodos agradecemos, hombre, que se creen estos primates...
Estaís muy equivocados si pensaís que las buenas maneras y la educación son exclusivas de las sociedades humanas: disculpad que os baje del pedestal, ignorantes, pero los de mi especie, y muchas más, os llevamos millones de años de ventaja: los restos más antiguos de ciempiés que se conocen son de principios del Devónico, hace 415 millones de años. !!!Superad eso, monitos hiperdesarrollados!!!. Claro que nuestros códigos de conducta no tienen nada que ver con l0s vuestr0s, pero existe una regla que la llevamos tatúada a fuego en nuestro brillante exoesqueleto: el respeto a los congéneres, aunque a continuación le devoremos con gusto. Lo cortés no quita lo valiente.
Como escolopendra orgullosa de serlo, sé perfectamente que, cuando en alguna de mis incursiones fuera de mi terrritorio,me topo con otra escolopendra, lo primero que tengo que hacer es dar golpecitos con mis patas en el suelo y mover las antenitas. Estaría muy mal visto no saludar. Lo que ocurra después del saludo es harina de otro costal. Y aquí es donde quiero llegar. Como aventurera que soy, y después del viajecito a París, hace unos días decidí repetir la experiencia, y, aprovechando el trabajo de la humana que vive conmigo, me colé en su bolso. Es arriesgado, sí, pero viendo lo que suele tardar en encontrar el móvil, las gafas de sol, o el monedero, que me encuentre a mí es casi imposible...Y si lo hiciera, de verdad que NUNCA MÁS IBA A MIRAR SU BOLSO DE LA MISMA MANERA...
Fué bastante ilustrativa la experiencia, primero por comprobar de nuevo como, a pesar de odionarnos tanto, construyen sus medios de transporte a la imagen y semejanza de las escolopendras, y lo llaman tren... Aunque la verdad, mi ego quedó satisfecho. La Diosa Escolopendra seguro que aprecia este homenaje involuntario. Y segundo, desmontar el mito de que el ser humano es un ser social por excelencia...Disculpadme pero no. Que est´´is obligados a vivir en enjambres, como las tontas de las abejas o las nazis de las hormigas no quiere decir que os adoreís los unos a los otros. Vivís juntos porque aíslados moririaís, no os queda otra. Estaís tan mal adaptados, biológicamente hablando, que no seríais capaces de vivir, desnudos, sin herramientas. Por eso os agrupaís, como los piojos. ¿De qué otra manera se explican las actitudes que observé?. Mientras mi humana se dedicaba a recibir a los viajeros, saludándoles con su mejor sonrisa (o al menos eso cree la pobre, que es la mejor que tiene), o intentando al menos establecer contacto visual, la mayoría, con gesto adusto de superioridad ni siquiera se dignaban a mirarla, alzando la barbilla. Y no es eso lo peor, la pedían información sin agitar una antena a modo de saludo. Yo empecé a retorcerme en su bolsillo. Deseaba lanzarme como el artrópodo que soy y clavarles mis mandíbulas en esos cuellos encorbatados, o introducirme en el cardado de la señorona de turno, colarme por su escote y morderle allá donde la silicona me lo permitiera.
Y luego dentro del tren fué peor...Es demasiado humillante para contarlo. Me juré no volver a repetir la experiencia. Eso sí, el trajeado del peluquín se llevó un buen recuerdo mío- Que hubiera dado las gracias tras coger un periódico- si hasta los artrópodos agradecemos, hombre, que se creen estos primates...
lunes, 20 de septiembre de 2010
La muerte de una gata
Como buen artrópodo, de la familia de los miriápodos de toda la vida, presumo de carecer de esa sensiblería característica y estomagante de la mayoría de los humanos, que de verdad hace rezumar el veneno de mis colmillos. No es que sea mala por naturaleza, es que si me dejara llevar por la compasión, la empatía o como quieran llamarse esos sentimientos filantrópicos que tan bien quedan en los discursos de la ONU, (y que por mi experiencia observadora están más huecos que las cabezas de muchos), me temo que acabaría más muerta que mi santa abuela, a quien no tuve el gusto de conocer ya que mi madre y tíos la devoraron al nacer...Igual que yo hice con la mía. Las escolopendras son madres muy sacrificadas...Literalmente. Por ello, y no es por justificarme, no tengo reparos en devorar tiernos caracolitos recién nacidos ni emprender batallas a muerte contra escorpiones y arañas para cenar o ser cenada. Soy una depredadora, la moral la dejo para otros con menos patas que yo, pero más mentirosos.
Todo este preámbulo viene a cuento porque, de vez en cuando, mi universo tan de película de Harry el Sucio (también soy cinéfila) se resquebraja por algunas de sus esquinas, y deja que algún buen sentimiento me pringue las antenas.
LLevo muchos años viviendo en esta casa, ideal para mí por sus plantas en el patio, su tejado de vigas de madera y sus maravillosas humedades. Está habitada por humanos, claro, todo tiene un precio, pero ni ellos me molestan demasiado, porque no me han visto nunca, ni yo soy tan tonta como para hacerme notar. Quien si sabía de mi existencia era su gata, Morgana, que en alguna escapada el patio me localizó un par de veces gracias a sus bigotes y a punto estuvo de darme caza. Por supuesto que se habría llevado un buen mordisco ponzoñoso, pero poco hubiera tenido que hacer contra sus colmillos y garras afiladas. Morgana era mexicana, era lo único que se había traído su dueña de México tras vivir allí varios años. La encontró junto a su hermano, Merlín, comidos de pulgas y abandonados en un alcorque de un árbol raquítico en una ciudad del Norte de México. Merlín desapareció, o más bien le hizo desaparecer la patrona de la casa, una vieja amargada que vendía cerveza en una tiendita, y Morgana, finalmente, acabó en España. Lo que me hizo respetarla desde el primer día fué ver cómo cazaba. Era una gata atigrada, de tonos grises y ojos verdes, de mirada noble pero también fría y sanguinaria cuando el instinto surgía, instigado por un pájaro, una langosta o una salamanquesa. Entonces sus dulces ronrroneos, sus blandos maullidos dejaban paso a su verdadera naturaleza, y nada se interponía entre ella y su presa. La observé varias veces, y no siempre tenía éxito, pero me fascinaba observar cómo su cuerpo se convertía en una maquinaria de resortes, en tensión hasta el último músculo, para, en un segundo, lanzarse con toda su fuerza en un ataque relámpago. Jugueteaba con la víctima, cruel e inocente a la vez, y a veces, llevaba el trofeo a su dueña, que lo recibía horrorizada y la llamaba asesina. Entonces Morgana, no entendiendo nada, se tumbaba al sol, meneando perezosamente la puntita de su cola, sólo la puntita negra, y, descansando después del subidón de adrenalina, reflexionaba sobre qué era lo que había hecho mal. Sólo era un regalo, de gato, pero un regalo al fin y al cabo. Pero también fuí testigo de su naturaleza noble y desinteresada. Allá donde iba su dueña, ella la seguía, como si fuera su sombra, o su nahual (su yo animal, así lo creían los mexicas, también me gusta la antropología). Si la humana se sentaba a leer, la gata se tumbaba en la mesa, observándola. Si pasaba las horas frente al ordenador, Morgana se hacía una bolita en su regazo...Y por supuesto estaba el momento de la cama, era su favorito, cuando se hacía hueco entre las sábanas y dormía pegadita a ella. Tengo que confesar que a veces sentía un odio enconado por la gata y la humana. Me parecía una aberración que especies diferentes estuvieran tan íntimamente cercanas. Eso iba contra la ley de la naturaleza...Pero luego me daba cuenta que lo que sentía era una envidia abrasadora. Pero todo esto terminó. Un día ví como la metían en su transportín y la sacaban de la casa. Cuando volvieron, el transportín estaba vacío. Los dos lloraban mucho, y yo no entendía nada. Entonces, ella empezó a repetir entre sollozos "Morgana,no!!! Morgana!!!" y ví que llevaba en la muñeca el collar con el cascabel. Y lo entendí todo. La cazadora había muerto. Ya era vieja, pero aún era capaz de escaparse por los tejados y volver loca a su dueña buscándola, pero estaba muy enferma, aunque no o demostraba. Fué tan repentino que hasta a mí me afectó. Ahora las cenizas de Morgana están en una latita, enterrada en una maceta, donde crece un madroño. A veces me gusta enrroscarme en una rama y esperar allí que alguna jugosa araña se cruce por mi camino. Seguro que a Morgana la hubiera divertido verme. Descansa en paz, te lo has ganado, guerrera.
Todo este preámbulo viene a cuento porque, de vez en cuando, mi universo tan de película de Harry el Sucio (también soy cinéfila) se resquebraja por algunas de sus esquinas, y deja que algún buen sentimiento me pringue las antenas.
LLevo muchos años viviendo en esta casa, ideal para mí por sus plantas en el patio, su tejado de vigas de madera y sus maravillosas humedades. Está habitada por humanos, claro, todo tiene un precio, pero ni ellos me molestan demasiado, porque no me han visto nunca, ni yo soy tan tonta como para hacerme notar. Quien si sabía de mi existencia era su gata, Morgana, que en alguna escapada el patio me localizó un par de veces gracias a sus bigotes y a punto estuvo de darme caza. Por supuesto que se habría llevado un buen mordisco ponzoñoso, pero poco hubiera tenido que hacer contra sus colmillos y garras afiladas. Morgana era mexicana, era lo único que se había traído su dueña de México tras vivir allí varios años. La encontró junto a su hermano, Merlín, comidos de pulgas y abandonados en un alcorque de un árbol raquítico en una ciudad del Norte de México. Merlín desapareció, o más bien le hizo desaparecer la patrona de la casa, una vieja amargada que vendía cerveza en una tiendita, y Morgana, finalmente, acabó en España. Lo que me hizo respetarla desde el primer día fué ver cómo cazaba. Era una gata atigrada, de tonos grises y ojos verdes, de mirada noble pero también fría y sanguinaria cuando el instinto surgía, instigado por un pájaro, una langosta o una salamanquesa. Entonces sus dulces ronrroneos, sus blandos maullidos dejaban paso a su verdadera naturaleza, y nada se interponía entre ella y su presa. La observé varias veces, y no siempre tenía éxito, pero me fascinaba observar cómo su cuerpo se convertía en una maquinaria de resortes, en tensión hasta el último músculo, para, en un segundo, lanzarse con toda su fuerza en un ataque relámpago. Jugueteaba con la víctima, cruel e inocente a la vez, y a veces, llevaba el trofeo a su dueña, que lo recibía horrorizada y la llamaba asesina. Entonces Morgana, no entendiendo nada, se tumbaba al sol, meneando perezosamente la puntita de su cola, sólo la puntita negra, y, descansando después del subidón de adrenalina, reflexionaba sobre qué era lo que había hecho mal. Sólo era un regalo, de gato, pero un regalo al fin y al cabo. Pero también fuí testigo de su naturaleza noble y desinteresada. Allá donde iba su dueña, ella la seguía, como si fuera su sombra, o su nahual (su yo animal, así lo creían los mexicas, también me gusta la antropología). Si la humana se sentaba a leer, la gata se tumbaba en la mesa, observándola. Si pasaba las horas frente al ordenador, Morgana se hacía una bolita en su regazo...Y por supuesto estaba el momento de la cama, era su favorito, cuando se hacía hueco entre las sábanas y dormía pegadita a ella. Tengo que confesar que a veces sentía un odio enconado por la gata y la humana. Me parecía una aberración que especies diferentes estuvieran tan íntimamente cercanas. Eso iba contra la ley de la naturaleza...Pero luego me daba cuenta que lo que sentía era una envidia abrasadora. Pero todo esto terminó. Un día ví como la metían en su transportín y la sacaban de la casa. Cuando volvieron, el transportín estaba vacío. Los dos lloraban mucho, y yo no entendía nada. Entonces, ella empezó a repetir entre sollozos "Morgana,no!!! Morgana!!!" y ví que llevaba en la muñeca el collar con el cascabel. Y lo entendí todo. La cazadora había muerto. Ya era vieja, pero aún era capaz de escaparse por los tejados y volver loca a su dueña buscándola, pero estaba muy enferma, aunque no o demostraba. Fué tan repentino que hasta a mí me afectó. Ahora las cenizas de Morgana están en una latita, enterrada en una maceta, donde crece un madroño. A veces me gusta enrroscarme en una rama y esperar allí que alguna jugosa araña se cruce por mi camino. Seguro que a Morgana la hubiera divertido verme. Descansa en paz, te lo has ganado, guerrera.
sábado, 11 de septiembre de 2010
Las vacaciones de una escolopendra
Es curiosa la vida de los humanos cuya casa comparto. Son del tipo "no tengo hijos porque no quiero cambiar mi vida" pero canalizan su amor hacia animales peludos como gatos, conejos y hasta ratas, y sin embargo, seguro que si algún día me encontraran paseándome por el fregadero o el plato de la ducha correrían a rociarme sin piedad con las letales armas químicas que guardan bajo la pila. !!Qué bipolares!!! Abominan de sus congéneres humanos y luego se les parte el corazón cuando fallece su mascota... Eso es lo que quería contar, que, aprovechando que estaban medio drogados por el dolor tras la muerte de su gata justo antes de marcharse de vacaciones, me colé rápidamente en uno de los zapatos guardados en la maleta porque me corroía la curiosidad sobre esas escapadas periódicas de la pareja, porque, que yo sepa, los humanos no tienen que hacer largas migraciones para desovar o mudarse a latitudes más templadas cuando arrecia el frío, teniendo cubiles tan confortables. El caso es que, tras horas de incertidumbre, sintiéndome a ratos mareada por el vaivén, a ratos al borde de la congelación y aturdida por ruidos terroríficos, llegamos a un sitio que ellos llamaban París. Cuando deshicieron las maletas me dirigí rápidamente hacia una grieta lo suficientemente grande como para esconderme que había en una esquina y allí, tranquilamente, planear mi aventura. No quiero extenderme demasiado, no contaré las aventuras que corrí por el metro parisino perseguida por una rata negra, ni cómo me asomé a las fauces de una gárgola de Notre-Dame o devoré un grillo con Bertrand, una escolopendra macho francesa, exquisitamente refinado y estiloso, en las orillas del Sena, ni como la Mona Lisa me dejó indiferente o Rodin me habría hecho llorar si tuviera lagrimales. Sólo quiero comentaros que creo que he encontrado el Valhalla de las escolopendras y está bajo el pavimento de París. El subsuelo de esta ciudad inabarcable está recorrido por una red de túneles que ellos llaman catacumbas, donde, parece ser, por problemas de salud pública, trasladaron los miles de huesos de varios cemeterios. Imaginaos cuando mis antenitas detectaron este inmenso parque de atracciones, este Versalles Artrópodo, y sólo para mí. No necesité saber más de la Ciudad de la Luz (qué pedantes se ponen estos simios cuando quieren) cuando tenía a mi disposición tanta tierra húmeda, tanta penumbra mohosa, y, sobre todo, tantos cráneos apilados por cuyas cuencas entrar y salir, fémures y costillas exclusivamente destinados a mi disfrute. Pero todo termina, y, aunque me hubiera quedado para siempre en ese reino de la muerte, volví, sólo para contarlo. Tengo un deber para con los de mi especie. Ellos deben saber que más allá de las tristes alcantarillas, de las tuberías herrumbrosas, existe un paraíso, una tierra prometida construída con los huesos de los humanos, el reino de las escolopendras, que debemos conquistar. Sé que me he puesto muy épica, debe ser el Jet Lag...
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